Cango. Dr. Eduardo Chávez

Instituto Superior de Estudios Guadalupanos

El historiador Jean Meyer señala: “La Iglesia católica llegó a América con el conquistador español, y es muy difícil separar lo espiritual de lo secular

en los actos y los móviles de una y otro; esta ambigüedad quedaba aumentada aún más por la muy firme voluntad que manifestaban los muy católicos reyes de «proteger a la Iglesia».”1 Este fue un tiempo que se pudiera considerar bajo la estructura medieval con aires del Renacimiento, en donde la espada temporal estaba mezclada con la espada espiritual; además, la Península Ibérica vivía un momento muy especial, de gran efervescencia, por la llamada Reconquista española, y pasando a la conquista del pagano como un deber adquirido; de manera particular los españoles se identificaban como los paladines de Cristo ante una Europa central convulsionada por la Reforma Protestante. Esta mezcla de conquista y evangelización, de cruz y espada, de trono y altar, dio como resultado lo que podríamos llamar una obra civilizadora bajo los términos de la cristiandad; es más, en este tiempo no había otra alternativa, y esta misión fue la que procuraron siempre los reyes católicos y sus descendientes; de esta manera el estado español justificó su expansión sosteniendo a la Iglesia; y ésta pudo evangelizar apoyada por el brazo secular.

Cuando se descubrió el llamado Nuevo Mundo se despertó la imagen milenarista bajo el carácter religioso de la Iglesia primitiva: la ciudad de Dios. Era la oportunidad de construir una sociedad católica centrada en la Iglesia bajo el modelo planteado por San Francisco, Santo Domingo y San Agustín y remodelado por Santo Tomás Moro. Desde el nacimiento hasta la muerte, el hombre era llevado por el trabajo, el esfuerzo, el gozo en, por y para la Iglesia. Dice también Jean Meyer: “La Iglesia era sin embargo mucho menos poderosa de lo que podía creerse, pues la medida misma de su influencia da también la del control del Estado sobre ella. La Corona, gracias a las concesiones obtenidas por el Papa entre 1501 y 1508 […] ese real patronato permitía el nombramiento para todos los puestos, desde la sacristía hasta el palacio arzobispal, permitía el control fiscal, determinaba la utilización de todos o parte de los bienes eclesiásticos”2, era la Corona la que también decidía sobre la entrada, permanencia y salida de los clérigos en América; y, abusivamente, pero nunca con reclamo de la Santa Sede, dejaba a la Corona manos libres en el dar el placet o pase a todo documento pontificio que se dirigía a sus territorios, y de la comunicación de la Iglesia local dirigida al Santo Padre. Era un control de ambas vías, todo tenía que ser aprobado por la Corona.

Así, el monarca temporal, en América, era de hecho el jefe de la Iglesia,

armado de las “Dos Espadas” la espada temporal y la espada espiritual. El rey era el patrono de la Iglesia católica y el virrey asumía el cargo de vicepatrono. Los obispos en el Nuevo Mundo, en general, lo asumieron con diligencia, aunque no faltaron los momentos de disputas.

Durante toda la Colonia, el indio fue la manzana de la discordia entre el Estado y la Iglesia. En ciertos momentos se buscaba protegerlo, testimonio de esto era la enorme documentación que existe y que fue escrita, tanto por los reyes españoles como por los religiosos, en donde se ordenaba y se determinaba la manera de guiarlo en la evangelización, cultivarlo en las letras y las virtudes, protegerlo en contra de los malos encomenderos, o de aquellos que lo reducían a la esclavitud. Al mismo tiempo y en contraste, también se exponía la manera en que se le tenía que obligar a trabajar, la forma en que debía realizar el servicio a la Corona, el cambio de vida con el que se le tenía que insertar en el marco de la cultura hispana, la forma en la que tenía que arrancar el oro y la plata a la tierra, etcétera.

Es una realidad que la Iglesia propugnaba la defensa y protección de los indígenas con solidez y con gran valentía. Sin embargo, no todos estaban conformes de que la Iglesia tomara un liderazgo cultural y civilizador de los pueblos americanos. Por lo que, para los que querían dominarla de una manera más eficaz era importante eliminar a los religiosos.

Concretamente en México, no cabe duda de que en el primer esfuerzo evangelizador fue una labor extraordinaria de los misioneros;3 sin embargo, el trauma de la Conquista (1519-1521) perduró inevitablemente entre los naturales; la depresión y el sufrimiento del pueblo del sol continuaron. La gran depresión que en ese momento el pueblo mexica experimentaba se debía, además de la devastadora Conquista, o junto con ella, a la fatal enfermedad de la viruela que diezmó a la mitad de la población indígena. Para el indígena el mundo, su mundo, se desplomaba delante de sus propios ojos; todo se derrumbaba; todo se despedazaba. Los indígenas eran testigos de que sus dioses en nada habían valido, ¿dónde estaban, en dónde se encontraban ahora que tanto los necesitaban? ¿Dónde estaba el enérgico y recio Huitzilopochtli que tantos sacrificios humanos exigió a cada momento, dónde estaban aquéllos que eran alimentados por los corazones y la sangre de sus hijos? ¿Dónde estaban aquellos dioses que supuestamente los guiaban con brazo cósmico? Entonces era cierto, luego era verdad, los dioses también habían muerto. Y los misioneros, en esta lucha cósmica en contra del Demonio, lo reforzaban diciendo que los indígenas sufrían el castigo de Dios cristiano por sus idolatrías.

Uno de los claros signos del estado de trauma que sufría el pueblo indígena

fue la embriaguez; los indígenas permitían la embriaguez a los ancianos, pero con los demás eran tremendamente estrictos ante un vicio semejante, ya que había pena de muerte en contra de aquel trasgresor. Después de la Conquista la embriaguez fue un vicio que marcó a los indígenas; quienes en su trauma trataban de encontrar una salida, una solución ante su situación; el evadirse por medio de este vicio era de alguna manera una falsa revancha en contra de aquellos supuestos “dioses” protectores que habían dictaminado toda ley que ahora los ahogaba. Ante los hechos, un asombrado Motolinia declaraba cómo los indios “no querían entender en otra cosa sino en ella de noche dar voces, unos llamando a el demonio, otros borrachos […] Las beoderas que hacían muy ordinarias, es increíble el vino que en ellas gastaban, y lo que cada uno en el cuerpo metían […] Comúnmente comenzaban a beber después de vísperas, y débanse tanta prisa a beber de diez en diez, o quince en quince, y los escanciadores que no cesaban, y la comida que no era mucha, a prima noche ya van perdiendo el sentido, ya cayendo […] Era cosa de gran lástima ver los hombres criados a la imagen de Dios vueltos peores que brutos animales; y lo que era peor, que no quedaban en aquel solo pecado, más cometían otros muchos y se herían y descalabraban unos a otros, y acontecía matarse, aunque fuesen muy amigos y propincuos parientes”.4 Más adelante declaraba el fraile franciscano: “Parece que el demonio a río vuelto introdujo las beoderas y se tomó licencia general que todos pudiesen beber hasta caer, y los hombres volverse como brutos, de manera que como cesó la autoridad y poder los jueces naturales ejecutar sus oficios, cada uno tuvo licencia de hacer lo que quiso y de irse tras su sensualidad”.5 No iba a hacer fácil dignificar a este ser humano abatido, destruido, desmoronado, ante la catástrofe no sólo cultural sino esencial- mente religiosa en la que había puesto toda su confianza y era la razón y el sentido de toda su existencia. Que, si bien los misioneros eran conscientes de su dignidad de ser hijos de Dios, otros se aprovechaban de esto para decir que eran animales y así justificar sus robos, esclavitudes e injusticias.

La evangelización era un reto titánico, al cual se enfrentaron los doce

primeros franciscanos, junto con fray Pedro de Gante, en 1524 llegaron a México armados con documentos del emperador Carlos V y con la bula pontificia de Adriano VI, conocida como Omnimoda; iniciaron la obra de evangelización en las almas de estos indios, que para ellos, como decíamos, habían sido engañados por el demonio, especialmente centrados en los terribles y crueles sacrificios humanos; debían hacer algo para que los indios sobrevivieran y, al mismo tiempo, quitarlos de los ídolos que para ellos eran la fuente de su perdición. Lógicamente, para los santos y humildes misioneros era poco menos que imposible vislumbrar algo bueno en la religión indígena, ante estas manifestaciones desgarradoras de los sacrificios humanos no podía tener un ápice de bueno este culto macabro ante estos dioses que eran el mismo Satanás y sus legiones, así que su sistema era iniciar desde cero.

Fray Gerónimo de Mendieta nos habla de la preocupación de los frailes, desde el inicio de la evangelización, especialmente por desarraigar a los indígenas de sus ídolos. Los misioneros trataban, de mil formas, darse a entender, pero: “ni los indios entendían lo que se decía en latín, ni cesaban sus idolatrías, ni podían los frailes reprendérselas, ni poner los medios que convenía para quitárselas, por no saber su lengua. Y esto los tenía muy desconsolados y afligidos”.6 Mendieta informaba que los misioneros tenían la idea firme de que si los ídolos continuaban en pie, su trabajo era en balde; se quejaba de que mientras los indios eran enviados a construir las casas de los españoles, la idolatría continuaría sin remedio, por ello los frailes advertían: “Por esta causa andaba el negocio como antes, y la idolatría permanecía; y, sobre todo, veían que era un tiempo perdido y trabajar en vano mientras los templos de los ídolos estuviesen en pie”.7

Los doce franciscanos no habían cumplido ni un año en el Nuevo Mundo

cuando decidieron, con gran atrevimiento e impulsados por su fervor religioso, que ellos mismos destruirían los templos y sus ídolos, aunque esto les costara la vida; y así lo hicieron, con gran determinación, aprovecharon la oscuridad de la noche y siendo ayudados por los niños y jóvenes que ellos catequizaban en sus “doctrinas”; el 1º de enero de 1525 iniciaron la religiosa destrucción en Texcoco y posteriormente continuaron en México, Tlaxcala y Guexozingo. De esta primera “batalla” contra los ídolos, fray Toribio de Benavente, Motolinia, nos ofrece interesantes noticias pormenorizadas: “Estábase la idolatría tan entera como antes, hasta que el primero día del año de 1525, que aquel año fue en domingo, en Tetzcoco, adonde había los más y mayores teocallis o templos del demonio, y más llenos de ídolos, y muy servidos de papas o ministros, la dicha noche tres frailes, desde las diez de la noche hasta que amanecía, espantaron y ahuyentaron todos los que estaban en las casas y salas de los demonios; y aquel día después de misa se les hizo una plática, encareciendo mucho los homicidios, y mandándoles de parte de Dios, y del rey no hiciesen más la tal obra, si no que los castigarían según que Dios mandaba que los tales fuesen castigados. Esta fue la primera batalla dada a el demonio, y luego en México y sus pueblos y derredores, y en Coauthiclan [Cuautitlan]”.8 Fray Gerónimo de Mendieta también reporta esta, para algunos, imprudente hazaña, para otros terrible momento, y para otros la más fiel misión: “Alabanza y alarido de alegría de los niños fieles, quedando los que no lo eran espantados y abobados, y quebradas las alas (como dicen) del corazón, viendo sus templos y dioses por el suelo”.9

Los franciscanos de la primera evangelización estaban convencidos de que era necesario implantar la fe cristiana sin ningún tipo de contaminación de lo que consideraban que pertenecía a los demonios que buscaban la perdición de los hombres. En esto no estaban dispuestos a admitir ningún tipo de adecuación o sincretismo, obviamente ellos no veían ni remotamente algo bueno en esos sanguinarios ídolos de piedra. Los franciscanos, hijos de su tiempo como decíamos, no estaban dispuestos a dar ninguna concesión, para ellos, la mentalidad religiosa del indígena estaba en el más craso error, y había sido presa fácil de los demonios.

No cabe duda de que este primer encuentro entre culturas tan religiosas fue fuerte, profundo y desgarrador; el trauma de la Conquista perduró, inevitablemente, entre los naturales, como lo expresa de manera magistral Miguel León-Portilla: “Quienes se tenían por invencibles, el pueblo del sol, el más poderoso de la América Media, tuvo que aceptar su derrota. Muertos los dioses, perdido el gobierno y el mando, la fama y la gloria, la experiencia de la Conquista significó algo más que tragedia, quedó clavada en el alma y su recuerdo pasó a ser un trauma”.10

Si bien, al inicio, los indígenas entregarían a sus hijas a los recién llegados “dioses”, fue poco el tiempo que invirtieron para darse cuenta de que no eran exactamente a quienes esperaban. El encuentro se transformó en un verdadero y tremendo choque, que produjo un ser nuevo en el suelo de este Nuevo Mundo: el mestizo. Es necesario percatarse de la gran valía de los seres humanos que surgieron de todo esto. Aunque despreciado, el mestizo había surgido y hacía patente la mezcla de razas, pueblos y culturas; era el resultado de uno en 1531, con Santa María de Guadalupe, quien tomó como su propia identidad a este ser mestizo, unidad de todos los seres humanos, como ya lo dijo el Papa Juan Pablo II: “Y América –declaró el Papa– que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido «en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, […] en Santa María de Guadalupe, […] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada»”.11 Fue y continúa siendo realmente un encuentro con lo divino, con el verdadero Dios por quien se vive; un Dios que ha tomado la iniciativa de entregarse él mismo por medio de su Madre; una Niña mestiza que se ha hecho “nuestra”, una “morenita”, quien nos entrega a su Hijo, al Hijo de Dios, que se hace nuestro en Ella. Santa María de Guadalupe es nuestra Madre y viene para darnos todo su amor, su consuelo, su protección. Es Ella quien logra la conversión más grande y profunda en toda la historia de la Iglesia, como se confirmó por muchos, como el jesuita Francisco Javier Alegre; una conversión impresionante ante una situación simplemente imposible para los misioneros, que por cierto eran de lo mejor, pues tenían de frente una situación titánica que los superaba en todo y en mucho ¿Qué era este puñado de misioneros, no más de cuarenta antes de 1531, ante la descomunal obra misionera del Nuevo Mundo?, simplemente imposible y, sin embargo, del 1531 a 1537 se logra esta gran conversión (cerca de 9,000,000).

Pero volvamos a estos primeros pasos, ciertamente los misioneros fueron

lo mejor de España, seres humanos extraordinarios que lo habían dejado todo para cumplir este fin en tierras desconocidas. Todo para evangelizar a sus hermanos que en el bautismo se reconocerían como tales. Misioneros que tratarían de la mejor manera posible la tarea de anunciar el Evangelio demoliendo todo rastro de los ídolos adorados por los indígenas, destruyendo todo indicio de la antigua religión; sin dar tregua, sin aceptar absolutamente ningún otro tipo visión o aceptar a personas que pudieran tener creencias distintas a su fe católica, tal como ellos la concebían. Esta “intolerancia” como podría interpretar algún moderno, en el contexto histórico del siglo que les tocó vivir era en realidad “fidelidad”, y llegó al clímax al estar frente a unos pueblos que creían en muchos dioses. La idolatría en su visión era de lo más nefando y sanguinario; si bien, los misioneros llegaban a admirar la manera en cómo los indígenas les daban culto a estos ídolos, estos últimos eran simplemente personificación de Satanás.

Pero hay algo que resulta desastroso en esta misión, desgraciadamente muchos de los paisanos de los misioneros, que se decían católicos, daban un terrible testimonio. Los mismos misioneros lo testificaban; como por ejemplo, fray Gerónimo de Mendieta nos informa de la crueldad de algunos conquistadores que hacían de las suyas ya desde las islas del Caribe y de igual forma se comportaron al llegar a México, el franciscano nos informa de la manera en que ellos trataban de defender a los indios de las manos de los “católicos” y de la imposibilidad de evangelización teniendo esta clase de testimonios: “Fue de poco efecto lo que los frailes en aquellas islas hicieron -dice Mendieta-, a lo menos cuanto a la conservación de los naturales de ellas, porque estaban nuestros españoles tan señoreados de los miserables indios, y tan encarnizados en el servicio que les hacían de buscar y sacar oro, y de cultivarles sus granjerías, y edificarles sus casas, ingenios y cortijos, que no bastaba predicación evangélica, ni amonestación cristiana, ni amenaza del infierno para sacárselos de entre manos, y que (siquiera) tuvieran algún descanso del continuo trabajo corporal que les daban, y algún tiempo para enseñarse en las cosas de nuestra santa fe católica, por lo que tocaba a sus ánimas”.12 Y más adelante dice: “ya los indios eran muy pocos, y los españoles de la isla estaban engolosinados en ellos, y tienen por ley infalible que se han de servir de ellos hasta que no quede alguno, así los hubieron de acabar todo”.13 El problema era tan grave, que llegaron al punto de intervenir exponiendo su propia vida ante tantos crímenes, violaciones, robos, esclavitudes, etcétera; que les valió golpes, vejaciones e incluso intentos de asesinato.

Los dominicos también fueron testigos de esta situación que destruía todo

intento de conversión. Ellos llegaron un poco después, en 1526, y también al inicio se habían designado a doce, siempre teniendo en cuenta el modelo de los apóstoles de Jesús; sin embargo, la enfermedad y varias otras situaciones hicieron que sólo siete llegaran a México, de los que quedaron sólo tres, ya que cuatro se regresaron a España.

También estaban los sacerdotes diocesanos, que en realidad eran muy pocos e incluso algunos habían sido soldados y a otros sólo les interesaba enriquecerse, con lo que la calidad brillaba por su ausencia.

Si bien, la mayoría de los misioneros españoles trataban de ser buenos y honestos con su vocación, eran seres humanos con sus defectos y limitaciones.14 Hubo algunos –los menos– que, como Sahagún, dedicaron un cuidado increíble, digno del mejor antropólogo moderno, a investigar a fondo el mundo indio; pero esto no nacía de ningún aprecio por él, sino todo lo contrario, del deseo explícito y declarado de mejor destruirlo: “El médico –explica al empezar su monumental obra– no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo sin que primero conozca de qué humor o de qué causas procede la enfermedad […] para predicar contra estas cosas, y aun para saber si las hay, menester es saber cómo las usaban”.15 Actuaba, pues, como un capitán de comandos al estudiar minuciosamente los planos de las instalaciones enemigas: no para admirarlas o copiarlas, sino para mejor destruirlas. Y, aun así, ese interés por la cultura india pareció demasiado a las autoridades religiosas y civiles, y acabaron prohibiéndolo y silenciándolo,16 y hasta suprimieron más tarde las iniciativas como el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por el obispo fray Juan de Zumárraga y algunos franciscanos, en 1536, que intentaba lo opuesto, es decir, crear una élite india conocedora de la cultura hispana; pero esto fue el blanco del ataque de tantos españoles, como lo escribe el historiador Georges Baudot: “Desdichadamente, el colegio de Tlatelolco fue desde el principio víctima de las intrigas primero, y de hostilidad abierta después, de parte de los vecinos españoles, de los dominicos y del clero secular. Mal administrado además por sus propios alumnos, a quienes los franciscanos confiaban acaso demasiada responsabilidad, resultó un fracaso y estaba al borde de la ruina en 1560, para conocer alrededor de 1572 un breve renacimiento sin mayores consecuencias. Las secuelas de ese fracaso fueron muy graves para todo el imperio de América, porque lo que se desmoronó fue toda una concepción de la finalidad de ese imperio”.

Después de la conquista, los españoles tuvieron temor de que los indígenas se llegaran a rebelar y no se cansaban de buscar nuevas estrategias para defender lo que sería el más puro cristianismo. Los misioneros en esta nueva tierra creyeron encontrar circunstancias ideales para rescatar a millones de infieles

–inesperadamente dóciles y buenos– que había que liberar de un paganismo tan diabólico como jamás lo había presenciado el mundo.

Así, los primeros evangelizadores, empezaron desde cero, con aciertos y fallas, con su celo impaciente por su misión, también los llevó a malentendidos garrafales, que los convertía al mismo tiempo en padres amados y amantes de sus evangelizados, y en los más implacables verdugos de su cultura.

Fray Julián Garcés, O. P., primer obispo de Tlaxcala, queriendo ser elogioso, en una carta, que por lo demás es maravillosa, entre muchas cosas buenas, escribe de los niños indios: “parece que les es natural la modestia y la compostura […] si se les manda sentar, se sientan, y si estar de pie, se están, si arrodillar, se arrodillan […] Nadie contradice, ni chista, ni se queja”.18 Y Motolinia: “Estos indios cuasi no tienen estorbo que les impida ganar el cielo […] porque su vida se contenta con tan poco […] No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas, ni se matan por alcanzar estados ni dignidades […] Son pacientes, sufridos sobre manera, mansos como ovejas; nunca me acuerdo haber visto guardar injuria: humildes, a todos obedientes, ya de necesidad, ya de voluntad, no saben sino servir y trabajar”.19 Su pobreza ganaba a todos aquellos que en España, paradójicamente, se pudieran enorgullecer por su humildad, así lo declaraba el franciscano: “Y así cuando algún fraile viene de nuevo de Castilla, que allá era tenido por muy penitente y que hacía raya a los otros, venido acá es como río que entra a la mar […] si miran los indios, verlos han paupérrima- mente vestidos y descalzos, las camas y moradas en extremo pobres, pues en la comida al más estrecho penitente exceden, de manera que no hallarán de que tener vanagloria ninguna”.20

Ante los frailes, pues, los indios experimentaban una ambivalencia dolo-

rosa, viendo en ellos a adversarios fanáticos de su religión, tradición y cultura que atacaban y destruían sin tratar de comprender ni apreciar nada, y, simultáneamente, a verdaderos padres que se entregaban incondicional- mente a ellos. Aunque el daño que hicieron en algunos aspectos fue total- mente involuntario, una cosa era cierta: su entrega a los indios no pueden negarla ni los historiadores más anticlericales; además, es un hecho que el don del Evangelio brilló en América gracias a estos entregados misioneros, como lo expresa el recordado Santo Padre, Juan Pablo II: “La grandeza del acontecimiento de la Encarnación y la gratitud por el don del primer anuncio del Evangelio en América invitan a responder a Cristo con una conversión personal más decidida y, al mismo tiempo, estimulan a una fidelidad evangélica cada vez más generosa”.21

Primeros pasos en la Evangelización en México

Indudablemente fue un gran cambio el que sufrió la estructura indígena ante la Conquista Española, dando origen a un nuevo pueblo. En el siglo XVI, desde la óptica de los peninsulares de la época, se implantaba la organización estatal que por siglos se conocía y se operaba en España. Un ejemplo de esto eran las encomiendas, criticadas especialmente por fray Bartolomé de las Casas, pero sostenidas y mantenidas como el sistema para pacificar a los indios; se justificaba este aparato estatal bajo la consigna de defender, amparar y proteger a los nativos de estas regiones, sin embargo, no escapó de prestarse a abusos del poder dominante y al final ser un aparato de esclavitud. A través de los documentos y de las fuentes de la época, se observa que siempre se vio al indio como libre, nuevo vasallo del rey, pero que, para la mentalidad Peninsular de este tiempo, era preciso enseñarle a trabajar colectivamente y de una manera organizada; por lo que, en la práctica, realmente se esclavizaba y el encomendero se portaba brutalmente en contra de los nativos. Incluso se llegó a tal punto, especialmente en la Ciudad de México, que fueron estos conquistadores y encomenderos que maltrataban a los mismos misioneros e incluso trataron de asesinar al obispo fray Juan de Zumárraga. Ellos no querían ningún bautismo ni sacramentos para los indígenas, pues los confirmaba como seres humanos e incluso como hermanos de todo católico, y esto les quitaba la justificación para seguirlos tratando como paganos irredentos y así robarlos y esclavizarlos.

Mientras que los misioneros, en general, defendían al indígena como verdadero ser humano y valoraban las cualidades que sobresalían en los indígenas, como ya veíamos, uno de los más profundos conocedores de la cultura indígena fue fray Bernardino de Sahagún, constató que los naturales de estas tierras se manejaban hábilmente en diferentes oficios y habló también del rigor en su formación, de la fuerte y profunda religiosidad y de la infraestructura militar de los dominadores del Anáhuac, un ejemplo de esto fue el hecho de que, sabiendo la estricta castidad que seguían los ministros del Calmecac, declaró el franciscano que los indígenas “son tenidos por indignos e inhábiles para el sacerdocio; y también porque la continencia o castidad que es necesaria a los sacerdotes, no son hábiles para guardarla, en especial los borrachos”.22

Desde los primeros momentos en los cuales la Iglesia se instalaba en tierra americana, y tomaba las riendas de la cultura y la formación evangélica de este Continente. E incluso buscó formar a nativos para que ellos mismos ayudaran en la formación de los de su misma raza.23

Se ideó la formación de algunos niños indígenas en tierra europea, “en 1526 se despachó una provisión real a fin de que en cada uno de los territorios americanos se seleccionase cierto número de niños indios para ser enviados a la Península. A Cuba se asignaron doce niños, veinte a México, y así sucesivamente. Aunque los veinte mexicanos no fueron enviados –el Colegio de Santiago de Tlatelolco fue la causa– unos cincuenta niños llegaron a Sevilla a consecuencia de la mencionada provisión”;24 pero algo debió pasar con esta experiencia, pues al crearse la Provincia Dominicana en México (1532) “se determinó en capítulo no admitir a los estudios de la Orden ni a la profesión religiosa a los indios y a los mestizos”.25 Esta determinación fue ratificada por el Papa. Sólo se decía que todavía no eran maduros o aptos para el estado religioso.

Así como los dominicos, las demás órdenes religiosas trataron de formar a los suyos en sus mismas casas. Se aceptaron algunos indígenas, y si bien, al inicio se pensaba en formar a religiosos de entre los nativos, terminaban por no aceptarlos. Los franciscanos también siguieron los pasos de los dominicos en este asunto, utilizaban algunos indígenas para realizar los trabajos más humildes y como intérpretes; sin embargo, se prohibió la admisión de indios y mestizos para tomar el hábito, y sólo se admitían para esas labores comunes.

Los religiosos pensaban que antes de pretender tener vocaciones nativas, se tenía que impulsar la educación y la catequesis. Al inicio fueron los franciscanos los fundadores de instituciones educativas para los naturales de estas regiones.

El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, se había fundado ciertamente con la esperanza de que surgieran vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. Sin embargo, el obispo de México, fray Juan de Zumárraga tuvo que informarle al emperador Carlos V, que los mejores alumnos se inclinaban por el matrimonio. Además, las críticas no se dejaron esperar, especialmente había una aversión en algunos círculos sociales españoles de que se formara a los indígenas.

Ante estas críticas reaccionó el franciscano fray Alfonso de Castro quien decía que los indígenas tenían vocación a la vida cristiana, y ésta debía ser plena, sin ocultarles los misterios de fe; se tenía el deber de complementar el estudio de las ciencias religiosas con la enseñanza de Artes Liberales. Se afirmaba que “tanto en el desarrollo del Colegio de Santiago de Tlatelolco como de la empresa de la formación del clero nativo en general se advierte la falta de unos propósitos firmes y tenaces de conseguir los objetivos propuestos”.26 Ciertamente tenía sus dificultades formar, para la vida cristiana, a quienes habían tenido que realizar un cambio tan brutal en sus concepciones religiosas, más todavía a quienes se pretendía formar para la vida sacerdotal.

En este tiempo la gran conversión seguía, ante la admiración, sorpresa e incredulidad de los evangelizadores, simplemente no entendían lo que estaba pasando, la conversión llegó a tal grado, que obligó a los misioneros a replantearse sobre la mejor manera de administrar los sacramentos a los indígenas y se buscó una guía segura consultando al Papa Pablo III, para conocer las soluciones que se pudieran dar a este caso sin precedentes; así que, mientras llegaban las disposiciones de Roma, los frailes tuvieron que suspender momentáneamente la administración de los sacramentos a los indígenas; esto propició que los religiosos vieran testimonios de esta sorprendente y maravillosa conversión. Especialmente cuando se despedía a los indígenas sin darles el sacramento, estos volvían a sus casas, “llorando y quejándose, y diciendo mil lástimas, que eran para quebrar los corazones, aunque fueran de piedra”.27 O como fray Toribio de Benavente, Motolinia, constataba: “En este mismo tiempo, también fueron muchos al Monasterio de Tlaxcallan a pedir el bautismo; y como se lo negaron, era la mayor lástima del mundo ver lo que hacían, y cómo lloraban, y cuán desconsolados estaban; y las cosas y lástimas que decían, tan bien dichas, que ponían gran compasión a quien los oía e hicieron llorar a muchos de los españoles que se hallaron presentes: viendo cómo muchos de ellos venían de tres y de cuatro jomadas, y era en tiempo de aguas, y venían pasando arroyos y ríos con mucho trabajo y peligro. Los sacerdotes que allí se hallaron, vista la importunación de estos indios, bautizaron los niños y los enfermos y algunos que no los podían echar de la Iglesia: porque en diciéndoles que no los podían barnizar, respondían: «pues de ninguna manera nos iremos, aunque sepamos que aquí nos tenemos de morir…»”.28 Finalmente, el Santo Padre dio un importante documento, la bula “Sublimis Deus”, del 2 de junio de 1537, por la cual se declaraba que los indígenas eran capaces de recibir los sacramentos, como todo ser humano, y motivaba a no dejar de catequizar para que éstos pudieran ser conscientes de lo que eran y lo que recibían.

En 1539 la Junta Eclesiástica de México “aprobó nuevamente la admisión de los indios a las órdenes menores, para que colaborasen como sacristanes o catequistas, y afirmó su capacidad para ser consagrados sacerdotes cuando fuese el momento; no obstante, y para mayor seguridad, prefirió elevar sus puntos de vista al rey, para su ratificación”.29 Ya que concluían que se les había confiado el sacramento del bautismo, el cual no era menos que el sacerdocio. Esta forma de pensar todavía se mantenía cuando había ciertas expectativas y fundadas esperanzas en los frutos vocacionales del Colegio de Tlatelolco; pero la Junta Eclesiástica también fue cambiando de mentalidad, en la medida que el fruto no se producía conforme a lo esperado. “La oposición sorda que desde un principio se levanta contra los que desean dar estudios superiores a los indios, proviene también, en parte, de la poca estima en que se tiene su capacidad intelectual y moral”.30

En la segunda mitad de siglo XVI se inició una profunda discusión sobre si convenía o no que los indígenas llegaran a ser sacerdotes. “Las razones que se dieron entonces para apartarlos del sacramento fueron: su inconstancia en la fe y su dificultad para vivir algunas exigencias morales del cristianismo”31, esta fue la forma de resumir el problema de parte del segundo arzobispo de México fray Alonso de Montúfar, en 1556. Se temía que no pudieran observar las obligaciones de los clérigos. No obstante, el III Concilio Provincial Mexicano que se realizó en 1585, consideraba posible su ordenación, con la condición de que se cuidara mucho la selección de los candidatos.

Nuevos seres en el Nuevo Mundo

Otra situación que se tornaba más difícil sobre este mismo tema fue la condición de los mestizos, quienes, en la pirámide social, eran los que se veían con un mayor desprecio, pues no eran queridos por los españoles ni por los indígenas, ya que eran producto de guerra y violación. La nueva situación que se presentaba con este ser que había sido llamado mestizo, fue un reto para los legisladores, tanto religiosos como laicos. Los documentos a favor de ellos contrastan de manera drástica con los desplegados en contra suya. Se observó en toda la correspondencia, ordenamientos, determinaciones, leyes, este avance y retroceso, este estire y afloje; los argumentos eran teñidos de grandes contradicciones que reflejaban el nuevo estado de cosas, y que pedían una reflexión más sosegada de las mismas.

Otro ser creado en el Nuevo Mundo es el criollo, hijo nacido en América de padres españoles: se encontraba alejado de la tradición cristiana europea, en un escenario geográfico nuevo. Para ellos, no fue tan difícil el ser admitidos a las órdenes sagradas, era lógico pensar que por su sangre española no se presentarían grandes obstáculos para que llegaran a ser ministros de Dios; sin embargo, no fue del todo plano el trayecto, ya que los intereses políticos y económicos también intervinieron de manera decisiva. Así pues, eran admitidos para ser presbíteros, aunque con un control más estricto que los peninsulares, por lo que la criollización del episcopado fue tomando buen rumbo hasta que fue un hecho total, ya para el siglo XVIII.

Todavía en el siglo XVI, fray Bernardino de Sahagún fue quien presentó el perfil más exacto del criollo, “de aspecto español”, decía el fraile, pero “no lo es por condición”; los criollos abrazaron la fe cristiana de sus padres, “pues no les afectaban ni las máculas del mestizaje ni las dificultades de comunicación conceptual y sicología que hicieron de la conversión del elemento autóctono una de las obras maestras de la Iglesia, singularmente de la Iglesia española, en un proceso que se prolongó muy entrado el siglo XVIII”.32 Ciertamente, no siempre fue fácil para los criollos, ellos también tuvieron que vencer prejuicios sociales, primero para ser admitidos como colaboradores y posteriormente como rectores de la comunidad eclesial en la tarea evangelizadora. Cierta- mente al necesitar la Iglesia de evangelizadores “no existía otra alternativa que facilitar el acceso de los criollos a las órdenes sagradas”.33

Fueron los criollos quienes pusieron mucho empeño en la evangelización de su propia tierra; sin embargo, para los nacidos en la Península o que se encontraban en Europa, no eran vistos con mucha estimación; los criollos no eran vistos inferiores por motivos del color de la piel, sino inferiores por motivos genéticos; se llegaba a creer que el clima era terrible para los que tenían la “desgracia” de nacer en el Nuevo Mundo, que en territorio telúrico se influía drásticamente en los genes de los nacidos en estas regiones; además, era visto como algo despreciable el que fueran alimentados por nodrizas indígenas.

Poco a poco los criollos llegaron a las dignidades, se fue encomendando a un clero que en su mayoría iba pasando de ser español a ser criollo y posteriormente indígena y mestizo; Iglesia que fue pasando de su fundación por misioneros mendicantes a su ser diocesano. No había ni mejores ni peores, como en cualquier otra región del mundo, y bajo la respuesta a las circunstancias de los acontecimientos se formaron los grandes hombres tanto de grandes virtudes como de grandes defectos, forjadores iniciales, en un lugar importante del nacimiento de una nueva nación. Un clero de diversos orígenes que se fue distinguiendo en muchas labores evangelizadoras como en el ejercicio de la docencia, en la elaboración de catecismos, en las artes y vocabularios de lenguas autóctonas, en la construcción de edificios religiosos, y en la formación en el catolicismo una evangelización que contó con la primera discípula y misionera del amor de Dios, con la que incultura esta evangelización de manera perfecta, como lo señaló el Papa San Juan Pablo II, Santa María de Guadalupe.34 El Santo Padre confir: «Desde los orígenes en su advocación de Guadalupe María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión». “La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año de 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente…”.35

Las Juntas Eclesiásticas y los Concilios Provinciales de México

En 1524 tuvo lugar la Primera Junta Eclesiástica, apenas a tres años de la Conquista, después de pasar la época crítica de la terrible Primera Audiencia; en esta primera etapa de la evangelización, los misioneros fueron dando tono, como podían, a su misión, escogían o fundaban ciudades importantes y las zonas más pobladas funcionaban como centro de irradiación evangelizadora; era una evangelización con promoción humana y cultura cristiana, a pesar de los titánicos esfuerzos de los misioneros y un sinfín de problemas, sin embargo, el problema más serio al que se enfrentaron para que dicha evangelización progresara no fue tanto en los indios, sino en los mismos españoles, “los lugartenientes de Cortés, primero, y los miembros de la primera Audiencia, después, pusieron durísimamente a prueba el talento de los misioneros. Tanto que los indios de Santiago Tlatelolco estaban confabulados para defender a los misioneros, si es que éstos no soportaban las intemperancias de los españoles que entonces detentaban el poder”.36 Las injusticias y la violencia a cada paso, hasta el punto que fray Toribio de Benavente, Motolinia, declaró: “Algunos pueblos, casi del todo se despoblaron, y otros se iban despoblando, si no se pusiera remedio en moderar los tributos, lo cual fue causa que los españoles se indignasen tanto contra los frailes, que estuvieron determinados de matar algunos de ellos, que les parecía que por su causa perdían el interés que sacaban de los pobres indios. Y estando por esta causa para dejar los frailes del todo la tierra y volverse a Castilla”.37 Y las cosas llegaron hasta pretender asesinar al obispo, fray Juan de Zumárraga,38 quien en respuesta excomulga a los miembros de la Primera Audiencia y lanza el entredicho a la Ciudad de México.

En 1532 cambió la situación, por lo que se organizó la segunda de las Juntas Eclesiásticas, apoyada por los cuatro oidores por el obispo de Concepción de la Vega, Sebastián Ramírez de Fuenleal, denominado Episcopus Sancti Dominici, en esta Junta trataron de poner en práctica las ordenanzas Reales respecto a la propagación de la fe y la defensa de los naturales; se consiguió un clima de paz y de progreso material y espiritual. Más tarde, en 1539 cuando se dio la tercera de las reuniones o Juntas Eclesiásticas se contaba con mayor experiencia, por lo que su influencia en la organización pastoral revistió una gran importancia. En 1544, llegó a México Tello de Sandoval, teniendo como encargo el poner en vigor las “Leyes Nuevas”, por lo que una vez más se reunió el clero para reflexionar la oportunidad de exigir que se cumplieran estas leyes de la Corona, concluyendo en que por el momento no tenían que aplicarse de una manera drástica, sino que sería necesario esperar que la situación madurara para que estas Leyes tuvieran un mayor fruto. En 1546 hubo otra reunión eclesiástica, de la que sólo quedaron algunos fragmentos dispersos.

En un clima de paz se fueron desarrollando la mayoría de estas Juntas

Eclesiásticas, las cuales fueron consolidando la Iglesia en México, en ellas se trataron los más diversos temas, como fueron las cuestiones prácticas para la evangelización, los obstáculos que tenían que quitar para poder lograr esta profundización de la fe en los indígenas. Entre los problemas más serios se encontraban las idolatrías, los sacrificios humanos que se realizaban en sus ritos, la poligamia, la embriaguez, etcétera, por lo que era necesario la formación de Doctrinas, organizar las misiones y la evangelización diocesana, fomentar la catequesis, la fundación de escuelas y Universidades, la creación de hospitales, y de centros de ayuda social; “formación de niños catequistas, moderación de las relaciones entre indios y españoles, influjo catalizador de la formación de una nueva clase social y de una nueva nación, fundación de pueblos nuevos, formados con elementos españoles e indígenas”.39

Afrontaron todo un Mundo Nuevo, de la primera Junta de 1524 hasta la Junta de 1546; es decir, en un periodo de 22 años, los prelados y misioneros se reunieron una sola vez al año y en otras ocasiones varias veces, lo mismo sucedía con el contenido de las reuniones, porque en ocasiones era un solo tema, y en otras abordaban varios. “Las Juntas constituyeron una manifestación permanente de evangelización y de la vitalidad de la obra misionera en la formación y consolidación progresiva de la nueva Iglesia. No eran reuniones de protocolo jurídico. Los problemas importantes estaban al orden del día y los participantes trabajaban directa y activamente en la obra misionera. La colaboración entre las autoridades eclesiásticas y civiles llegaba a un grado que actualmente nos sorprende. El influjo del poder real, en ambos sectores, resultaba determinante y se convirtió en un punto de convergencia para la resolución de los problemas y de apoyo a la labor misionera”.40

Esta labor comprendía de manera central la conversión de los indígenas;

pero también percibían su profunda religiosidad, con ritos exigentes y sacrificios rituales que llegaban a ser desgarradores; además, los religiosos no descuidaban la racionalidad de los indígenas, ya que los consideraban seres humanos destinados para recibir el Evangelio. Inmediatamente se pusieron manos a la obra, y su celo misionero los llevó a desplegar una gran creatividad: teatro, danza, canto, pintura, música y todo lo que estaba a su alcance para dar el mensaje salvífico. Dos elementos fueron muy importantes: la introducción de la imprenta y el saber la lengua de los naturales. En cuanto a la imprenta era difícil abarcar el papel protagonista de este maravilloso invento, ya que fue un medio de la máxima importancia para la evangelización y la difusión de la cultura; en cuanto al segundo punto que era el conocer las lenguas indígenas, era especialmente importante saber el Náhuatl y el Otomí, siempre se hacía mención de estos dos idiomas que eran los más extendidos. Era particularmente importante para la formación de los misioneros y de los sacerdotes diocesanos el tener en cuenta estos dos elementos. De momento los obispos y los religiosos trabajaban coordinadamente, más tarde surgirían choques entre ellos por varias circunstancias como la erección de México como Metropolitana independiente de Sevilla, la celebración del Concilio de Trento, la colaboración para el mantenimiento del Seminario Conciliar de México, etcétera.

Cuando se desarrolló el Primer Concilio Provincial Mexicano, en 1555, se intentó por primera vez dar consistencia y coherencia a determinaciones sobre la formación y catequesis de los naturales del Nuevo Mundo. Se descubrió con un poco más de realismo lo que era el indígena; al mismo tiempo, el indio había dado algunos pasos iniciales para poderse adaptar al nuevo sistema de vida. Es de hacer notar que, para esta época, las generaciones que nacieron poco después de la Conquista ya eran adultas. Las Juntas eclesiales que se habían llevado a cabo algunos años antes sirvieron para dar una mayor claridad y enfoque en los temas que abordó este Concilio. Fueron los primeros intentos de organización eclesiástica en todos los ángulos: pastoral, social, legislativa, religiosa, etcétera, y que treinta años más tarde tomaría una forma más acabada en el III Concilio Provincial Mexicano en 1585.

Los colegios seguían actuando de manera continua dando educación y formación a la juventud de la Nueva España; los criollos y los indios poco a poco iban entrando en el esquema de vida de esta sociedad, incluso en su admisión para recibir las órdenes sagradas o vestir algún hábito; sin embargo, como decíamos, un nuevo ser inició un camino más difícil: el mestizo. Importante para nuestro estudio, si tomamos en cuenta que el mestizo integraría la gran masa en todo el país y, por lo tanto, sería quien a la larga formaría la mayor parte de los habitantes de México y lógicamente de los seminaristas y sacerdotes.

Comentando la cuestión de la palabra mestizo, el P. Basilio Arrillaga S. J. decía sobre este término: “mestizo, aunque esta voz es genérica, denota a todos los que tienen mezclada su sangre o que proceden de individuos de diversas razas, pero en un sentido más estricto y usual se aplica esta denominación a los que proceden de padre español y madre india, o al revés; así como la de mulata, que pudiera significar a los que traen su origen de algún negro, aunque se hubiera mezclado con india, está aplicada a significar al que procede de las razas española y negra”.

Según las estadísticas aproximativas con las que se contaban y que tocaban este aspecto de manera general; y, además, tomando en cuenta que era difícil una precisión del todo exacta, Ángel Rosenbalt nos dio algunas pistas en su obra “La población indígena y el mestizaje en América”. Se puede decir que en 1570 existían aproximadamente 9,000,000 indígenas, 118,000 blancos, contando peninsulares y criollos; y unos 230,000 negros, mestizos y mulatos.

“Durante los siglos del dominio español se formó en torno de los mestizos la más envenenada atmósfera de prejuicios, expresada en fórmulas casi estereotipadas, amargas e injuriosas”41, en el mestizo se contemplaba al ilegítimo, en esto consistía su condena, el ambiente social de su tiempo lo relegaba a lo más ínfimo; estos seres, según la sociedad de la época, eran criados por “una madre indígena ignorante y desvergonzada. Los mestizos vienen, entonces, a formar un grupo flotante, desarraigado, socialmente peligroso, lleno de taras, que ha de ser continuamente controlado”.42 Ya en 1549 se le excluía de las encomiendas y oficios reales públicos, no se le permitía por ley llevar armas, ni ser cacique, ni escribano, ni corregidor, ni alcalde mayor. Incluso algunos sacerdotes aseguraban que no se les podía confiar la catequesis.

El Primer Concilio Provincial Mexicano, de 1555, presidido por el arzobispo de México, fray Alonso de Montúfar, cuando la primera generación de mestizos ya contaba con cerca de treinta años, disponía que los mestizos, indio o mulato, no fueran admitidos al sacerdocio ministerial.43 A pesar de los informes contrastantes, y de las posturas con escasa información, la intervención de los Papas Pío V y Gregorio XIII ayudaría para que el mestizo pudiera encontrar puertas más abiertas si su pretensión era ser sacerdote, por medio de la expedición de dispensas, o facultando a los obispos para realizar estas dispensas; ya que, en casos concretos, en algunos mestizos se encontraban grandes cualidades, pero su ilegitimidad daba pie a tramitar una dispensa con el Papa; a pesar de las leyes contradictorias, y del rechazo social, el Papa concedía estas dispensas necesarias para que los mestizos pudieran ser ordenados sacerdotes o se les permitiera ser admitidos en alguna orden religiosa.44 “Pío V en 12 de enero de 1566 concedió a los obispos de Indias poder dispensar sobre la ilegitimidad”45.

Las altas autoridades de la Corona, como también de la Santa Sede, tuvieron acciones que eran ambiguas, o contradictorias; dependiendo, en gran medida, de los informes que les hacían llegar, por lo que su actuación hasta cierto punto desconcertaba. Por ejemplo el Papa “Gregorio III, por breve del 25 de enero de 1576, concedía a los Mestizos ilegítimos que pudieran ser ordenados de todas las órdenes, siempre y cuando tengan las cualidades exigidas por el concilio Tridentino”.46 Sin embargo, por otros informes que se recibieron de parte de las autoridades coloniales o de los misioneros religiosos, dicha determinación sería contrastada por otra serie de documentos pontificios; así, a lo largo del tiempo se formaría un cúmulo de información que se desplazaba entre la opinión de favorecer a los mestizos o de relegarlos; especialmente por ser el resultado, en la mayoría de los casos, de una relación ilegítima.

En 1593, el virrey de la Nueva España, Luis de Velasco, opinaba sobre los

mestizos que eran gente desocupada, que no querían trabajar, insolentes en contra de los indios como en contra de los españoles. Casi todos los peninsulares tenían un pésimo concepto de sus propios hijos nacidos de las relaciones con indígenas. “Todos estos vapores, que intoxicaron durante tres siglos la opinión contra la población mestiza, se entendían producidos ante todo contra el mestizo ilegítimo. Es cierto que en 1604 el Consejo de Indias pidió a los gobernantes una nueva descripción geográfica de Indias, en cuyas observaciones indicaba que a los mestizos se los equiparara con los españoles, pero la orgullosa sociedad blanca se empeñó en marcarlos inexorablemente con el hierro de la ilegitimidad”.47

Algunos obispos de América como los obispos de Panamá, Huamanga y Popoyán, hablaban del color oscuro de los mestizos y que esto sería causa de rechazo y de desprecio, por lo que se oponían a su ordenación sacerdotal. Otros prelados, en cambio; no le concedían a esto mayor problema y ordenaban sacerdotes mestizos, pues no contaban con eclesiásticos que pudieran hablar la lengua aborigen. Además, no existían especificaciones legales claras que pudieran ser directivas. Sólo se resaltaban los puntos que parecían más negativos. Afortunadamente esta serie de obispos pudieron ir encauzando la dignidad de los mestizos brindándoles espacios para su desarrollo. Por ejemplo, en México se fundaron algunos colegios que eran para mestizos como el de San Juan de Letrán, previniendo que si no se daba formación a este grupo de personas, estos iban a caer en la vagancia y serían un peligro para la sociedad entera, por lo que se mandaba se continuara con procurarles una buena educación; la Corona española confirmaba y aprobaba lo anterior, el 8 de septiembre de 1557, en esta cédula real se hablaba de la necesidad de su educación; en el mismo tono también se expresaba en la Ley XIV declarando que se debían guardar las ordenanzas del Colegio de los niños pobres de México, y motivaba para que fuera bien administrado. “En la Ciudad de México –decía el rey– está fundado un Colegio, donde se recogen muchos niños pobres Mestizos, y se les enseña la doctrina cristiana y buenas costumbres, procurando que no se críen viciosos y vagabundos. Y porque le hemos hecho algunas mercedes y es nuestra voluntad, que esta obra se continúe y aumente cuanto fuere posible, mandamos a los virreyes de la Nueva España, que hagan guardar las Ordenanzas dadas a este Colegio el año de mil quinientos y cincuenta y siete, y tengan particular cuidado de avisarnos el estado en que se halla, y si los que en él concurren aprovechan en buena doctrina y costumbres, y reconociendo alguna falta, o descuido, lo remedien y hagan recoger todos cuantos niños Mestizos hubiere, y ordenen se tomen la cuenta a los que la debieren dar de lo que se ha distribuido, y con qué órdenes, y cobren los alcances, y lo gasten en lo más necesario y provechoso al Colegio”.48 Todavía el rey culminó esta ordenanza, señalando la necesidad de educar también a las niñas mestizas, por lo que mandaba la construcción de una casa donde las cuidaran.

Poco a poco se impulsó el paso del tiempo y los mestizos fueron ganando más espacios, especialmente después de la Independencia. El mestizo fue logrando también abrirse caminos en los ambientes eclesiásticos; “el aspecto en que más tuvo que ver la legislación con los mestizos fue, sin duda, el de su promoción al sacerdocio”.49 Como hemos dicho, en las legislaciones de la época, se observaban varias contradicciones y limitaciones, por lo que la llegada al sacerdocio de parte de los mestizos siempre presentó varias dificultades. En ocasiones, la Corona era contraria a la ordenación de los mestizos, en otras animaba y motivaba, y en otros documentos nuevamente prohibía.

Por otro lado, mientras la Santa Sede enviaba dos Breves pontificios en los años 1571 y 1574 por los que se concedía a los prelados de las Indias que podían dispensar a los ilegítimos y mestizos, que supieran las lenguas autóctonas y fueran confirmadas como personas idóneas para ser ordenadas sacerdotes, especialmente para dar la doctrina a los indios. Pero el rey no estaba de acuerdo, máxime que aquí también entraba la cuestión del Regio Patronato, que hacía más complicadas las cosas; pues el rey se sentía herido en su orgullo, por lo que otra cédula real llegaba puntual para ir en contra de las disposiciones pontificias, en 1575, condenando la postura de dispensar a los mestizos. Mientras el rey continuaba lanzando cédulas que prohibían la ordenación de los mestizos, como otra fechada en enero de 1576; al mismo tiempo el Papa continuaba su orientación de poder dispensar de todo obstáculos para que los mestizos pudieran ser sacerdotes, ahora daba su breve Nuper ad Nos del 25 de enero de 1576, en donde otorga facultades a los obispos de Indias para dispensar de la ilegitimidad a los criollos y a los mestizos, nuevamente bajo la condición de su idoneidad y que supieran las lenguas indígenas.

El rey seguía empecinado en no admitir mestizos para el sacerdocio, así

lo hizo saber nuevamente al obispo de Cuzco en 1577, y en 1578 a todos los demás obispos de las Indias; en cédula del 2 de diciembre de 1578 dirigida al arzobispo de Perú, Felipe II le ordenaba que a los mestizos no se les diera órdenes hasta nuevo aviso. Pero esta última ley por la que prohibía ordenar a los mestizos fue también revocada. En efecto, mientras que en la Nueva España se celebró el III Concilio Provincial Mexicano, en 1585, y se dio una luz para que llegaran a ordenarse sacerdotes los indios y los mestizos, como veremos más adelante; la Ley VIII, Tit. VII, Lib. I de la Recopilación de las Leyes de Indias, dada por Felipe II, el 31 de agosto de 1588, declaraba que los prelados podían ordenar sacerdotes a los mestizos, aunque fueran ilegítimos, pero buscando su autorización y su dispensa; y también, siempre y cuando concurrieran en ellos las cualidades y circunstancia necesarias; así que si algún mestizo quería llegar a ser religioso, podría serlo e incluso hasta ascender a los puestos eclesiásticos o seculares, gubernativos, públicos y de guerra. Evidentemente, por la falta de preparación y por la práctica separación que existía entre peninsulares, criollos, indios y mestizos, el que estos últimos llegaran a ser los primeros era verdaderamente excepcional.

Algunos obispos declaraban que el mestizaje en no era impedimento; sin

embargo, otros eran de la opinión de que ser mestizo era un “vicio”; incluso, que la mancha de los mulatos todavía era más fea; y que la mancha del mestizo y del mulato era imborrable. El juego político también formaba parte de la situación adversa en contra de los mestizos o mulatos. La estructura eclesial no era la excepción; al querer monopolizar los puestos altos dentro de la Iglesia, se esgrimía lo de la pureza de sangre, poniéndolo como argumento para poderse colocar en el poder. “El mestizo no pareció a la sociedad de aquellos tiempos ni del todo limpio de sangre ni garante de un ejercicio digno del sacerdocio”.50

La nueva cristiandad sufría el problema del hecho de que no se ordenaran sacerdotes a los mestizos, “con los consecuentes prejuicios que impidieron un crecimiento proporcionado de la Iglesia con las demás instituciones, cuyo desarrollo y madurez se integraron con los diversos elementos raciales de la sociedad novohispana”.51 Sin embargo, en la realidad práctica, varios obispos no hacían demasiado caso a las cédulas reales; cuando un notario o escribano real se las transmitía, ellos la tomaban, se la ponían en la cabeza y juraban obediencia, mano en pecho, y la besaban; pero de igual forma se guiaban más por el criterio y las necesidades evangelizadoras y seguían ordenando sacerdotes de origen indígena y mestizo. Sea por defender su posición de autoridad, sea por la necesidad de evangelizar a los pobladores de estas tierras en su lengua nativa, sea que el número de mestizos iba aumentando y ganando espacios; el hecho era que los mestizos fueron ordenándose sacer- dotes.

Así, entre crecimientos desgarradores, la Iglesia fue creciendo en este Nuevo Mundo.

Notas

  1. J. Meyer, Historia de los cristianos en América Latina, Ed. Vuelta, México 1989, p. 23.
  2. Ibidem, p. 24.
  3. Cfr. G. De Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, Ed. Porrúa (=Col. Biblioteca Porrúa N° 46), México 1980. También: T. De Benavente, Motolinia, Historia de los Indios de la Nueva España, Ed. Porrúa (=Col. “Sepan cuantos…” N° 129), México 1973. También: B. De Sahagún, Historia General de las Cosas de la Nueva España, Ed. Porrúa (=Col. “Sepan cuantos…” N° 300) México 1982.
  4. T. De Benavente, Motolinia, Memoriales o Libro de las Cosas de la Nueva España, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México 1971, p. 32.
  5. Ibidem, p. 361.
  6. G. De Mendieta, Historia Eclesiástica, op. cit., p. 219.
  7. Ibidem, p. 227.
  8. T. De Benavente, Motolinia, Memoriales, op. cit., pp. 34-35.
  9. G. de Mendieta, Historia Eclesiástica, op. cit., p. 228.
  10. M. León-Portilla, El reverso de la conquista, Ed. J. Mortiz, México 1970, pp. 21-22.
  11. PP. Juan Pablo II, Ecclesia in America, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1999, 11, p. 20. También en AAS, 85/1993, p. 826.
  12. G. De Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana, op. cit., p. 39.
  13. Ibidem, pp. 70-71.
  14. Cfr. G. De Mendieta, Historia Eclesiástica, op. cit., p. 249.
  15. B. De Sahagún, Historia General, op. cit., p. 17.
  16. Sobre la censura a la obra de fray Bernardino de Sahagún, cfr. G. Baudot, La pugna franciscana por México. Eds. Alianza Editorial Mexicana y Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Col. Los Noventa N° 36), México 1990, pp. 203-265.
  17. G. Baudot, La vida cotidiana en la América Española en tiempos de Felipe II, Ed. FCE, México 1983, pp. 313-314.
  18. Carta del obispo de Tlaxcala, fray Julián Garcés, OP, al Papa Paulo III. 1527, en M. León-Por- tilla, et. al., Historia Documental de México, T. I, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México 1974, p. 147.
  19. T. de Benavente, Motolinia, Historia, op. cit., pp. 58-59.
  20. Ibidem, p. 135.
  21. PP. Juan Pablo II, Ecclesia in America, op. cit., p. 44.
  22. Ibidem, p. 22.
  23. Cfr. J. A. Llaguno, S. J., La personalidad jurídica del indio y el III Concilio Provincial Mexicano (1585), Ensayo histórico-jurídico de los documentos originales. Dissertatio ad Lauream in Facultate Iuris Canonici, Roma 1962, Ed. Porrúa, México 1963, p. 2.
  24. J. B. Olaechea Labayen, El Clero indígena, en P. Borges, Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, I, Ed BAC, Madrid 1992, p. 262.
  25. Ibidem, p. 263.
  26. 26 Ibidem, pp. 266-267.
  27. G. De Mendieta, Historia Eclesiástica, p. 278.
  28. T. De Benavente, Motolinia, Tratado II, op. cit., cap. 4.
  29. J. I. Saranyana, A los quinientos años del bautismo de América, en AA.VV., Historia de la evangelización en América, Librería Editrice Vaticana, Vaticano 1992, p. 789.
  30. J. A. Llaguno, S. J., La personalidad jurídica, op. cit., pp. 2-3.
  31. J. I. Saranyana, A los quinientos años, op. cit., p. 789.
  32. G. Lohmann Villena, Los criollos y la tarea evangelizadora, en AA.VV., Historia de la evangelización de América, Librería Editrice Vaticana, Vaticano 1992, p. 413.
  33. Ibidem.
  34. PP. Juan Pablo II, Ecclesia in America, op. cit., p. 20.
  35. Ibidem, pp. 19-20.
  36. C. Gutiérrez, Las juntas eclesiásticas de México y la evangelización (1520-1546), “Ecclesia”, (6/1) enero-marzo 1992, pp. 4-5.
  37. T. De Benavente, Motolinia, Historia de los indios de la Nueva España, Ed. Porrúa, (=Col. “Sepan Cuantos…”, N° 129), México 2007, p. 194.
  38. Cfr. J. García Icazbalceta, Don Fray Juan de Zumárraga, Ed. Espasa Calpe, (=Col. Austral N° 1106), Argentina 1952, pp. 55-56.
  39. Ibidem, p. 6.
  40. Ibidem, p. 7.
  41. E. Cárdenas, S. J., Los mestizos hispanoamericanos como destinatarios del Evangelio, en AA.VV., Historia de la Evangelización de América, Librería Editrice Vaticana, Vaticano 1992, p. 367. Hay un grupo de historiadores que opinan que al mestizo no se le hizo este clima lleno de prejuicios, que era bien visto tanto por los indígenas, como por los españoles; sin embargo, existe una gran cantidad de documentación de la época, conservada en el Archivo General de Indias en Sevilla, como también en el Archivo General de la Nación, en México, en donde se observa claramente la fuerte discriminación que sufrieron los mestizos prácticamente en toda esta época.
  42. E. Cárdenas, S. J., Los mestizos…, op. cit., p. 367.
  43. Cfr. Ibidem [Ver Tejada y Ramiro, Colección…, V, pp. 149 y 554].
  44. En el Archivo Secreto Vaticano, en la Sección de Breves hay registrados varios documentos en donde se dispensaba a los ilegítimos de nacimiento para que pudieran ser ordenados sacerdotes o tomar el hábito de alguna orden religiosa.
  45. E. Cárdenas, S. J., Los mestizos…, op. cit., p. 374.
  46. J. De Martín Rivera, La vida cotidiana de la cristiandad americana, en E. Dussel, et. al., Historia General de la Iglesia en América Latina, Eds. Paulinas y Sígueme, México 1984, p. 121.
  47. E. Cárdenas, S. J., Los mestizos…, op. cit., p. 370.
  48. F. De Icaza Dufour (coord.), Recopilación de las Leyes de los reinos de las Indias. 1681, Ed. Porrúa, México 1987, p. 123.
  49. E. Cárdenas, S. J., Los mestizos…, op. cit., p. 372.
  50. Ibidem, p. 374.
  51. J. De Martín Rivera, La vida cotidiana, op. cit., p. 121.

Bibliografía

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