Por: Dr. Antonio Rubial

A causa de la importante labor que desempeñó la Iglesia católica en la inserción de los nativos americanos a la cultura occidental por medio de la evangelización, se ha estudiado poco el papel fundamental que dicha institución tuvo también en la conformación del multiétnico ámbito urbano, sin el cual el primer proceso hubiera sido imposible. Siendo la fundación de ciudades uno de los instrumentos más eficientes en la implantación de las estructuras políticas, económicas y culturales hispanas, parecería una obviedad insistir en la importancia que en ellas tuvieron las instituciones eclesiásticas. Sin embargo, muy pocos trabajos han insistido en ello y apenas recientemente el Seminario de Historia de la Iglesia en México acaba de publicar un volumen sobre el tema.1 Los primeros en imponer su presencia en las ciudades fueron los mendicantes franciscanos, dominicos y agustinos, quienes paralelamente a la creación de las misiones entre los indios fundaban sus casas en las pequeñas y grandes ciudades que se iban convirtiendo en importantes centros administrativos, económicos y religiosos. A estas ciudades llegaron en busca de riqueza los numerosos colonos españoles, los indígenas sobre cuyos hombros recayó la construcción de sus edificios y con el tiempo en ella también se concentraron los esclavos africanos y asiáticos y la abundante población mestiza nacida de la intensa convivencia entre blancos, indios y negros. En muchos de esos centros los frailes habían formado parte de sus primeros fundadores y con sus templos y conventos marcaban la distribución de los barrios y formaban parte esencial en la conformación de los espacios urbanos. Los religiosos se constituían así como una parte fundamental de las estructuras de dominio colonial, aunque se veían a sí mismos como los artífices de un reino en este mundo que al mismo tiempo prefiguraba y preparaba a sus habitantes para la Jerusalén celestial.2

Los conventos de religiosos en esos espacios urbanos, aunque al principio fueron meros centros logísticos desde donde se controlaba la distribución y mantenimiento de las misiones, poco a poco comenzaron a albergar colegios y noviciados para los jóvenes religiosos desde mediados del siglo XVI. Lo mismo sucedió con los conventos mercedarios y carmelitas en las últimas décadas de la centuria.3 A partir de entonces esas casas funcionaron también como enfermerías para los frailes ancianos, dementes o enfermos y como dependencias destinadas a los capítulos provinciales y a las actividades administrativas.

Con el establecimiento de las sedes episcopales, las catedrales americanas comenzaron a generar en las ciudades donde se establecieron la necesidad de construir espacios simbólicos y devocionales propios, frente a aquellos que ocupaban las órdenes religiosas evangelizadoras. La consolidación de las episcópolis, es decir urbes donde las catedrales (con sus obispos, cabildos y clérigos), se convirtieran en los centros rectores de la vida social y religiosa. Esta actividad se hizo cada vez más prioritaria en el siglo XVII, sobre todo después de 1622, fecha en que se pusieron en práctica los lineamientos dados en el concilio de Trento y en el tercer concilio provincial mexicano, cuyas actas no fueron publicadas sino hasta entonces.4

Dicha presencia del clero secular en las capitales episcopales se manifestó en el fortalecimiento en este periodo de numerosas instituciones dirigidas a reforzar su presencia y a consolidar el proceso de cristianización en todo su territorio. Por un lado, se robustecieron los provisoratos que administraban la justicia eclesiástica y los juzgados de capellanías para mejorar los ingresos del clero y se aumentaron las parroquias en manos de los seculares; por el otro se fundaron nuevos seminarios conciliares, hospitales, residencias estudiantiles y recogimientos de mujeres como parte de los proyectos capitulares de los que se hicieron eco los obispos. Estos también apoyaron el establecimiento de nuevas órdenes religiosas sujetas a su mandato: los hermanos hospitalarios, los carmelitas, los mercedarios y en especial los jesuitas, quienes desde sus colegios promovieron sus devociones y sus santos, la participación en los ejercicios espirituales realizados en sus casas de ejercicios y las actividades benéficas y religiosas de sus congregaciones para seglares.5 Los prelados promocionaron la creación de cofradías y congregaciones (como las de Guadalupe, San Pedro o el oratorio de San Felipe Neri) y financiaron la impresión de obras teológicas, jurídicas y devocionales, de manuales para la administración de los sacramentos y de cartas pastorales que trataban temas de orden práctico y moral.6

Pero sin duda la mayor influencia que tuvieron los obispos en las ciudades catedralicias fue su actividad como promotores de santuarios. Ellos se encargaron de hacer las informaciones sobre los milagros atribuidos a las imágenes que se veneraban en ellos, se encargaron de financiar la redacción e impresión de obras que les dieran publicidad, impulsaron los traslados de dichas imágenes desde los santuarios hacia  las  catedrales  para  pedir  lluvias  o salud y propiciaron la formación  de  cofradías  y  hermandades  para  su culto.7 En esta actividad promocional los obispos tuvieron el apoyo incondicional de sus cabildos catedralicios (quienes dieron continuidad a sus proyectos), y de los monasterios femeninos, que en varias ocasiones se fundaron anexos a los santuarios para impulsar la devoción.8

A partir del siglo XVII y sobre todo en el XVIII, las políticas religiosas generadas en las capitales episcopales terminarán por imponerse y con ello el predominio de los obispos y del clero secular sobre la religiosidad, tanto urbana como rural. Esto no significó que las órdenes religiosas vieran debilitada su influencia en los ámbitos urbanos de Nueva España, todo lo contrario. Gracias a la riqueza que seguían acumulando, sus templos, colegios y hospitales desplegaron un inusitado aparato visual, una extraordinaria promoción de devociones y el fortalecimiento de sus cofradías, órdenes terceras y congregaciones, lo cual consolidaría su influencia entre los seglares urbanos. Este proceso se difundió también con la multiplicación de las fundaciones mendicantes en las ciudades importantes, pero no episcopales, como Zaca- tecas, San Luís Potosí, Pátzcuaro o Querétaro y en las urbes menores como Toluca, Atlixco, Tlaxcala, Cuernavaca, Celaya, Campeche, Cholula o Sala- manca entre muchas otras.9 Debemos recordar que varias de esas ciudades mestizas habían sido en sus orígenes pueblos de indios, pero su situación polí- tica como cabezas de una alcaldía mayor o su posición geográfica privilegiada atrajeron numerosa población no india.

En los espacios urbanos las autoridades episcopales, las parroquias y las distintas corporaciones religiosas y civiles (como los ayuntamientos), mostraban los signos que les daban identidad por medio de varios elementos: por un lado, las edificaciones donde se asentaban; por el otro, los objetos que exhibían durante las procesiones (estandartes, vestimenta, escudos, esculturas de santos); y por último las liturgias y rituales con que se hacían presentes durante los ciclos festivos anuales. Estos aparatos de representación eran fundamentales para una sociedad que tenía en la teatralización, la apariencia y el boato externo desarrollado en los rituales cotidianos, el único instrumento por medio del cual se hacía visible algo tan abstracto como el poder, la autoridad y las instituciones. Esto explica las grandes fortunas que se gastaban en esos aparatos de representación (edificios y fiestas), pues gracias a ellos las instituciones poseían una presencia social que legitimaba y hacía posible su misma existencia.10

Hasta el día de hoy, los edificios más representativos de los centros históricos de las ciudades de México, al igual que los de la mayoría de las de Latinoamérica, son los templos. Su presencia es un testimonio de la apropiación del espacio urbano como consecuencia de la cristianización, pero también del papel clave que tuvo la Iglesia en la economía, la sociedad, la política y la cultura durante el virreinato. Primero las órdenes religiosas masculinas y después los obispos, sus parroquias y los monasterios femeninos pensaron la ciudad como una Jerusalén terrena y en ella hicieron patente su presencia y sus conflictos por medio de santuarios, templos, conventos, colegios, parroquias, hospitales y capillas. A esta presencia pétrea, los diferentes sectores eclesiásticos atraían a la población y a sus corporaciones con la promesa de que las imágenes que ellos poseían darían solución a sus necesidades presentes y futuras y con las esculturas de sus santos y sus escudos de armas se manifestaron en calles y plazas por medio de fiestas, procesiones y rogativas.

Entre los templos de las ciudades se distinguían con especial notoriedad los santuarios nacidos alrededor de una imagen milagrosa. Aplacar epidemias, incendios, terremotos y sequías, así como los pequeños favores concedidos de manera individual eran los “milagros” que convertían a una simple imagen pintada o esculpida por un artesano en un objeto prodigioso al cual se le hacían ofrendas y rogativas, se le paseaba por la ciudad en procesión y se le prometían limosnas, ayunos y oraciones. La potencia de algunas de esas imágenes era considerada tan fuerte, que alrededor de ellas se generaron importantes santuarios de peregrinación en las principales ciudades del virreinato. La emergencia de estos cultos se dio gracias a su inserción en los marcos corporativos e institucionales que las promovieron: provincias religiosas, monasterios femeninos, congregaciones y cofradías, ayuntamientos urbanos, cabildos catedralicios y, como vimos arriba, el episcopado. Para estas instancias, las imágenes no eran sólo instrumentos de la divinidad para otorgar sus favores, constituían también (junto con los santos) elementos fundamentales en la conformación del entramado simbólico que le daba cohesión e identidad a las multiétnicas poblaciones de las ciudades.11

Tanto los templos comunes como los santuarios constituían espacios de convivencia y sociabilidad para los vivos y lugares de enterramiento para los difuntos. Las organizaciones más importantes de los laicos, las cofradías, tenían su asiento en ellos y subvencionaban desde ellos procesiones, misas por las ánimas y obras de beneficencia. En las iglesias se celebraban también las ceremonias que marcaban, con la presencia sonora de las campanas y con las misas, el ritmo de la vida cotidiana, la entronización de las autoridades, las celebraciones gozosas y fúnebres de unos reyes ausentes y el ciclo anual de las estaciones. Durante los sermones predicados en las fiestas, los fieles recibían noticias sobre lo que pasaba en Nueva España y el mundo, obtenían goce estético con la música y las artes visuales y se allegaban información sobre las novedades acontecidas en la vida de sus vecinos. Algunas iglesias muy especiales, las parroquias, eran las únicas autorizadas para administrar los sacramentos del bautizo y el matrimonio, para registrar a aquellos que los recibían y a los difuntos y para cobrar obvenciones por ese servicio. Por esta razón, las parroquias poseían los registros de población más fidedignos pues, desde finales del siglo XVII también comenzaron a llevar constancia de aquellos que recibían la confesión y la comunión una vez al año. Con ello quedaban al cuidado del clero los aspectos más importantes de la vida de los individuos (nacimiento, reproducción y muerte) y de la colectividad (las fiestas del calendario cristiano-cívico).12

Por otro lado, las instituciones eclesiásticas tuvieron un gran impacto en la economía. No sólo poseían la mitad de los bienes inmuebles de la capital y se hacían cargo de su mantenimiento, lo que incidía, junto con la construcción y remodelación de sus propios edificios, como un factor que dinamizaba la economía. Las comunidades religiosas eran consumidoras de bienes y servicios, lo que significaba la manutención de numerosos artesanos, sirvientes y profesionales de todo tipo. Las catedrales cobraban la décima parte de la producción agrícola y ganadera y todo un aparato económico estaba centrado en el tema del purgatorio y las indulgencias (misas por los difuntos, testamentos, bienes de las cofradías, bula de Santa Cruzada, etcétera). Las disposiciones sobre ayunos y días de fiesta incidían en la productividad y el trabajo y los preceptos sobre préstamos e intereses y la fiscalización de obrajes estaban teñidos de fuertes cargas morales, lo mismo que el control y censura de lo que se imprimía, los montos de las dotes matrimoniales o la distribución que se debía hacer de los bienes de quienes redactaban los testamentos.13

Los conventos, además, marcaban los barrios con sus nombres y eran importantes centros de distribución de agua potable, gracias a sus fuentes públicas, pues eran de los pocos establecimientos que tenían acceso a sus canales de distribución. La mayor parte de las familias de la aristocracia, de los estratos medios y algunos de los más modestos de la ciudad tenían varios parientes que pertenecían al clero o eran monjas, por lo cual se hacían cargo de su manutención y de la construcción y remodelación de sus edificios; con ellos la sociedad laica no sólo estableció vínculos familiares y amistosos, con ellos hacía negocios, de ellos recibía préstamos, en sus conventos los mercaderes guardaban sus mercancías y en sus atrios podían pedir asilo quienes eran perseguidos por la justicia. La Iglesia era además la principal promotora de la música y de las artes visuales, sus miembros escribieron la mayor parte de los libros impresos, en sus colegios se educaron sus cuadros políticos y un buen número de hospitales, hospicios, recogimientos y orfanatos estaba bajo su cargo. Sin las instituciones eclesiásticas es imposible entender el desarrollo del urbanismo y el entramado económico, social, corporativo y cultural de las ciudades novohispanas.

Finalmente, al ser las ciudades capitales el espacio de actuación de las autoridades civiles y religiosas, su incidencia en el ámbito rural fue determinante, pues desde ellas se implementaban con mayor efectividad los medios que difundirían los mensajes cristianos (imprenta, iconografía, retórica), se decidían las políticas pastorales y se educaba en seminario y colegios a los eclesiásticos (clérigos seculares y religiosos), que las pondrían en práctica. Así, el modelo del cristianismo urbano terminaría por imponerse en todo el territorio, siendo notable que en aquellas regiones donde la urbanización fue más intensa, se hizo mas efectiva la cristianización.

Notas:

  1. P. Martínez López Cano y F. J. Cervantes Bello (comps.), La Iglesia en la construcción de los espacios urbanos, siglos XVI al XVIII, IIH, UNAM, BUAP, México 2018.
  2. Para ampliar sobre la labor de las tres órdenes religiosas y de su actuación en el siglo XVI se pueden ver: L. Gómez Canedo, Evangelización y conquista. Experiencia franciscana en Hispanoamérica, Porrúa, México 1977. M. T. Pita Moreda, Los predicadores novohispanos del siglo XVI, Salamanca, Editorial San Esteban, 1992. A. Rubial, El convento agustino y la sociedad colonial, 1533-1630, IIH, UNAM, México 1989.
  3. Ver J. Ramírez Méndez, Las nuevas órdenes en las tramas semántico-espaciales de la Ciudad de México, siglo XVI, “Historia Mexicana”, v. 63, 3 [251]/ 2014, pp. 1015-1075.
  4. Sobre el término episcópolis se puede ver F. De la Flor, Barroco. Representación e ideología en el mundo hispánico (1580-1680), Cátedra, Madrid 2002, p. 148.
  5. J. Ramírez Méndez, Fundar para debilitar. El obispo de Puebla y las órdenes regulares, 1586-1606, “Estudios de Historia Novohispana”, 49/2013, pp. 39-82.
  6. A. Rubial, Iconos vivientes y sabrosos huesos. El papel de los obispos en la construcción del capital simbólico de las episcópolis de Nueva España (1610 -1730), en P. Martínez López Cano y
    F. J. Cervantes Bello (eds.), Expresiones y estrategias: La Iglesia en el orden social novohispano, IIH, UNAM, BUAP, México 2017, pp. 217-265.
  7. Ibidem. Son especialmente notables como promociones episcopales y capitulares los casos del Tepeyac en el arzobispado, San Miguel de Milagro en Puebla, La Virgen de la Soledad en Oaxaca, Nuestra Señora de Zapopan en Guadalajara y el Cristo de Esquipulas en Guatemala.
  8. Entre los ejemplos a este respecto tenemos a las carmelitas descalzas en el santuario del Santo Cristo de Ixmiquilpan en la capital, el monasterio de las monjas dominicas en el de la Salud en Pátzcuaro, el convento de las agustinas recoletas en La Soledad de Oaxaca y el de capuchinas en la villa de Guadalupe. A. Rubial, Tesoros simbólicos. Imágenes sagradas en los monasterios femeninos de las ciudades virreinales novohispanas, Revista Histórica”, Universidad Católica de Lima, vol. XXXVII, 1/2013, pp. 57-72.
  9. K. Melvin, Building Colonial Cities of God. Mendicant Orders and Urban Culture in New Spain, Stan- ford University Press, Stanford 2012, pp. 25 y ss.
  10. A. Rubial, Los cuerpos de la fiesta. Las corporaciones de españoles de la ciudad de México en la era barroca y sus aparatos de representación, en S. Miranda Pacheco (coord.), El historiador frente a la ciudad de México. Perfiles de su historia, Serie Divulgación 12, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México 2016, pp. 81-109.
  11. A. Rubial, Orígenes milagrosos y nuevos templos. Imágenes y espacios sagrados en la ciudad de México, siglos XVII y XVIII, “Boletín de Monumentos históricos”, INAH, Tercera época, 34/2015, pp. 29-60.
  12. O. Mazín Gómez, E. Sánchez de Tagle (coord.), Los padrones de confesión y comunión de la parroquia del sagrario metropolitano de la ciudad de México, 1670-1816, Colegio de México, México 2009.
  13. Para el papel de la Iglesia en la economía se puede ver el libro colectivo coordinado por P. Martínez y F. X. Cervantes, La Iglesia en Nueva España. Relaciones económicas e interacciones políticas, IIH, UNAM, BUAP, México 2010.

Bibliografía

A. Rubial, Iconos vivientes y sabrosos huesos. El papel de los obispos en la construcción del capital simbólico de las episcópolis de Nueva España (1610-1730), en P. Martínez López Cano y F. J. Cervantes Bello (eds.), Expresiones y estrategias: La Iglesia en el orden social novohispano, IIH, UNAM, BUAP, México 2017, pp. 217-266.

A. Rubial, El convento agustino y la sociedad colonial, 1533-1630, IIH, UNAM, México 1989.

A. Rubial, Los cuerpos de la fiesta. Las corporaciones de españoles de la ciudad de México en la era barroca y sus aparatos de representación, en S. Miranda Pacheco (coord.), El historiador frente a la ciudad de México. Perfiles de su historia, Serie Divulgación 12, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México 2016, pp. 81-110.

A. Rubial, Orígenes milagrosos y nuevos templos. Imágenes y espacios sagrados en la ciudad de México, siglos XVII y XVIII, “Boletín de Monumentos históricos”, INAH, Tercera época, 34/2015, pp. 29-60.

A. Rubial, Tesoros simbólicos. Imágenes sagradas en los monasterios femeninos de las ciudades virreinales novohispanas, Revista Histórica”, Universidad Católica de Lima, vol. XXXVII, 1/2013, pp. 57-72.

F. De la Flor, Barroco. Representación e ideología en el mundo hispánico (1580-1680), Cátedra, Madrid 2002.