Pbro. Lic. Armando González Escoto

Universidad del Valle de Atemajac

Luego de veinte siglos de experiencia cristiana, el concepto de evangelización ha sido frecuentemente examinado, sobre todo en la última centuria. Si en el principio evangelizar era simple y llanamente anunciar que Jesús era el Mesías, las circunstancias del tiempo y de la diversidad de culturas y condiciones que ha enfrentado este anuncio explica su evolución y también sus cuestionamientos.

A tenor de estos hechos en la edad contemporánea se ha hablado acerca de un concepto de evangelización vertical y de otro horizontal, de conceptos de evangelización ideologizados, moralizantes, adoctrinadores, o incluso colonialistas. Por evangelización vertical o angelista se entiende un trabajo pastoral exclusivamente orientado a la salvación de las almas, totalmente al margen de las condiciones sociales en que esas almas están encarnadas, en tanto que un concepto horizontal solamente vería por la redención de las condiciones políticas y económicas de las personas sin una implicación trascendente, espiritual. Un concepto de la evangelización ideologizada estaría contaminada por los intereses temporales de las instituciones implicadas, tanto religiosas como políticas, de la misma forma en que una ideologización histórica de la evangelización originaria distorsionaría los hechos reales en favor de los intereses o las interpretaciones del momento presente. La evangelización moralizante sería aquella que busca solamente cambiar los principios morales y éticos de una sociedad para que sean acordes al contenido evangélico, sea por la persuasión sea por la promulgación de códigos civiles obligantes para todos.  La evangelización adoctrinadora sería aquella que pretende cambiar las creencias mentales, no necesariamente las actitudes o las experiencias religiosas.

De evangelización colonialista han sido tachadas todas aquellas acciones que, al menos en apariencia, solamente perseguían favorecer el expansionismo de las potencias occidentales sobre el resto del planeta.

Desde luego que los procesos de evangelización que ha desarrollado la Iglesia a lo largo de los siglos han evolucionado tanto en orden a su propio anuncio, como a tenor de las circunstancias históricas en que se han dado. El concepto primigenio de la evangelización era simplemente anunciar a los judíos que Jesús era el Mesías prometido, pero este anuncio no era inteligible para griegos y romanos que no esperaban ningún mesías, de ahí que el anuncio primigenio debió de explicitarse más, debía por una parte ser el anuncio del único y verdadero Dios, pero también el anuncio del Dios de la misericordia que redime y salva.

El kerigma era ahora anunciar el amor de Dios que tanto amó al mundo que nos dio a su único Hijo, es decir, anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado para nuestra salvación. Este anuncio que no solamente habla del Dios descendente, sino que implica al ser humano llamado a responder, a encontrase con Él, exige entonces de la comprensión mental, de la experiencia existencial, del seguimiento, es decir, de un proceso. Aquellos que se sienten atraídos por este anuncio quieren luego conocer más, lo cual les puede llevar a un camino de conversión, es decir, conversión de sus conceptos religiosos previos, conversión en relación a sus pecados, conversión en orden a ser personas nuevas, modificando actitudes, pensamientos y sentimientos a fin de que todo se encauce por el sendero de la imitación de Cristo.

En efecto, Cristo no solamente nos redime en el sentido del perdón del pecado original y de los pecados, sino que además nos comunica su gracia a fin de que podamos vivir de otro modo y así logremos salvarnos. Evangelizar es entonces anunciar tanto la redención como la vida nueva que nos conduce a la salvación, si la persona acepta el mensaje que se le dirige entra en un camino de conversión de variada duración, pues no solamente debe reconocer al Mesías como su salvador, sino que debe reconocerse a sí mismo como necesitado de la salvación, lo cual le lleva en efecto a una entrega total, a una experiencia de conversión en la cual experimenta el amor misericordioso de Dios. A partir de ese momento inicia una etapa de esfuerzo, de compromiso para comprender y vivir de acuerdo a la fe asumida cuyo culmen es precisamente el bautismo. ¿Es así como se entendía la evangelización en el siglo XVI?

La Iglesia del siglo XVI era fruto de un largo proceso de endogamia cristiana. Separada de la cristiandad oriental desde el año 1054, se había concentrado en Europa, una Europa cercada por el mundo musulmán desde el Asia Menor hasta España. La idea  que  aquellos cristianos tenían era justamente la del  confinamiento;  hasta  la ápoca  de  san  Francisco a nadie  se  le  había ocurrido la posibilidad de anunciar el Evangelio  a los musulmanes, tampoco lo iban a hacer  con los ortodoxos griegos, pues ya eran  cristianos; más allá de estas  fronteras religiosas sólo  existía  un océano inmenso que  terminaba en profundos abismos, o si la mirada se remontaba hacia el oriente, topaban con China,  imperio remoto cuyo  acceso  era igualmente obstruido por  el imperio musulmán. En consecuencia los europeos se dedican a crecer internamente, a generar un universo plenamente cristiano cuyas cumbres medievales han sido una de las mayores glorias de la cristiandad en todos los ámbitos. Inevitablemente la Iglesia había perdido su carácter misionero y se miraba más como una institución educativa que evangelizadora, toda vez que ya todos se consideraban cristianos. Más que anunciarse, la fe se transmitía de una generación a otra en el ámbito familiar y social; el ambiente cultural predominantemente cristiano hacía el resto, respaldado y sostenido por legislaciones políticas que garantizaban el que todo mundo creyera y viviera de acuerdo a la doctrina cristiana. Más que una evangelización lo que existía era una catequesis más o menos eventual; de tiempo en tiempo se daban igualmente predicaciones populares en favor de la moral y las buenas costumbres, o en lucha contra los indicios de herejías o supersticiones.

A lo largo del siglo XIII se le ofrece a la catolicidad la oportunidad de ser nuevamente misionera, sea en los territorios propiamente mongoles, que cuando los mongoles ocuparon China estableciendo la dinastía Yuan, dinastía que ofreció a la Iglesia la oportunidad de anunciar en China el Evangelio con el apoyo del Estado. Fueron muchos los misioneros enviados por los pontífices de la época hasta la lejana Catay, en un momento de transición política que abría las puertas a la fe cristiana católica, ya que cristianos nestorianos los había habido desde el siglo VII en esas regiones. Kublai Kan en efecto pide al papa le envíe cien eruditos que los ilustren en la ciencia y en la fe del occidente. La caída de la dinastía, la recuperación del Islam y la presión nestoriana acabaron finalmente con estos intentos y con los frutos que comenzaban a darse.  No obstante debemos observar que muchas de esas conversiones sobre todo en las estepas de Mongolia, siguieron el camino tribal, es decir, si se convierte a la esposa del líder, el líder se convertirá también, y con el líder se convertirá también toda la tribu; ¿Qué tipo de conversión? Habría que pensar que la de los líderes era más o menos confiable, pero no así la de la tribu.  De cualquier manera era de este modo que habían funcionado muchas veces las misiones entre los pueblos galos y germánicos. Para fines del siglo XIV aquellas misiones católicas del extremo oriente quedaban en el olvido.

Posteriormente, en España, triunfaba la reconquista el año de 1492. Musulmanes y judíos no fueron expulsados de inmediato, se les dieron 70 años de plazo para dejar España o convertirse a la fe cristiana. Esta disposición planteaba nuevamente la cuestión misional ¿Quiénes estaban capacitados para evangelizar a unos y otros?  Aún más, ¿quiénes conocían el idioma hebreo o el árabe para poder ir a fondo en la predicación?, ¿con cuáles métodos, con cuáles modos?  Este era luego de muchos años el gran reto para una Iglesia que había perdido la práctica evangelizadora. En ese mismo año, pero diez meses después, se descubre América.

Cuando los cristianos comienzan a llegar al “nuevo mundo” advierten que sus habitantes originarios creen y siguen otras religiones, y mucho se admiran de la extendida costumbre de realizar sacrificios humanos. Son muy conscientes de que estas comunidades están bastante bien identificadas con sus creencias, pero sienten la imperiosa necesidad de anunciarles su propia fe cristiana, incluso la tentación no siempre ahuyentada, de imponérselas.  Por su parte los indígenas no estaban como esperando a ver quién llegaba de donde fuera para decirles cuál era la verdadera religión o el verdadero Dios, como elocuentemente lo refiere Bernal a propósito de los caciques de Cempoala… “Y todos los caciques, papas y principales respondieron que no les estaba bien dejar sus ídolos y sacrificios, y que aquellos sus dioses les daban buena salud y buenas cementeras y todo lo que habían menester…”. A los caciques de Tlaxcala, les habla diciendo que el rey de España lo ha enviado para que “…quiten sus ídolos y que no sacrifiquen ni maten más hombres ni hagan otras torpedades malas que suelen hacer, y crean en lo que nosotros creemos que es un solo Dios verdadero.          

Y se les dijo otras muchas cosas tocantes a nuestra santa fe… y se les mostró una imagen de Nuestra Señora con su hijo precioso en los brazos…” ante la propuesta evangelizadora que les hace Cortés responderán con la misma tónica si bien dando esperanzas a futuro: 

Malinche, ya te hemos entendido antes de ahora, y bien creemos que ese vuestro Dios y esa gran señora que son muy buenos. Mas mira, ahora veniste a estas nuestras casas; el tiempo andando entenderemos muy más claramente vuestras cosas y veremos cómo son y haremos lo que sea bueno. ¿Cómo quieres que dejemos nuestros teules que, desde muchos años nuestros antepasados tienen por dioses, y les han adorado y sacrificado? Ya que nosotros, que somos viejos, porte complacer lo quisiésemos hacer, ¿qué dirán todos nuestros papas y todos los vecinos y mozos y niños de esta provincia, sino levantarse contra nosotros?

Estos cristianos del siglo XVI que llegan a lo que hoy es el territorio mexicano ya desde 1518 son en su mayoría laicos y todos incluyen la preocupación religiosa entre sus variadas intenciones. Debemos advertir ya desde ahora que los primeros “evangelizadores” de nuestra región fueron mayoritariamente laicos, y que el primero de ellos fue sin lugar a duda Hernán Cortés, por más que entendiera la evangelización muy a su manera, o si se quiere, al modo en que se había entendido en las últimas centurias cristianas, particularmente en España, donde la fe debió ser defendida por una resistencia de siete siglos, y numerosas batallas.

En efecto, este joven capitán español hacía erigir enormes cruces por donde quiera que pasaba, les hablaba a los indígenas de la fe cristiana por medio de sus intérpretes y si se podía, convertía templos paganos en ermitas para las imágenes marianas que portaba. Sus carpinteros en el entretanto fabricaban las cruces, muchas de ellas con madera de ceibas.

En el principio pensaban que bastaba con decirles a los indígenas que la religión que practicaban era falsa para que estos enseguida la dejaran y abrazaran la nueva creencia; no era tan fácil. No lo era ni aún con aquellos cuya religión atravesaba todavía por etapas primitivas, menos aun cuando enfrenten

acerbos religiosos bastante bien consolidados y evolucionados. Con Cortés venía un capellán del clero diocesano y un fraile jerónimo. El Capellán celebraba y confesaba a los españoles, mientras que el fraile trataba de contener los ímpetus “evangelizadores” del capitán, cuando este trataba de imponer lo nuevo y destruir materialmente lo ajeno.

Luego de ganada la guerra a los aztecas, en 1521, nació el primer estado político territorial que precedió al actual estado mexicano. Era la Nueva España, un reino adjudicado a la corona del imperio español, y por lo tanto a un estado confesional donde solamente debía practicarse la fe católica con exclusión de cualquier otra religión. Sin embargo esta norma tan apreciada y novedosa en España, no podía ser simplemente aplicada en la Nueva España, ya que en ella habitaban numerosas poblaciones que jamás habían tenido noticia del cristianismo, se hacía necesario primeramente evangelizar. ¿Tenía la Iglesia de ese momento personal capacitado para las misiones? Ciertamente no. Encargó la tarea no a misioneros específicamente capacitados, sino a misioneros que garantizaban un estilo de vida rigurosamente cristiano, condición desde luego fundamental para el que busca ser un evangelizador genuino, por más que el concepto de lo que era evangelizar tuviera las características que se han señalado.

Para cumplir con esta tarea comenzaron a llegar frailes franciscanos con la encomienda de misionar a la múltiple, variada y dispersa población de un territorio cercano a los cuatro millones de kilómetros cuadrados en lo que se refiere a límites más o menos conocidos o percibidos de aquella Nueva España. Posteriormente llegaron también frailes dominicos y agustinos.

Hay que notar que la motivación que los traía era tanto anunciar la fe cristiana como evitar que tantas almas se perdieran si morían sin bautizo, preocupación que habían alentado tanto el Concilio de Lyon de 1274, como el de Florencia de 1438, al determinar que morir en el sólo pecado original, impedía alcanzar el cielo. En este punto es indispensable detenernos.   La comprensión cristiana que en el siglo XVI se tenía del bautismo era muy literal con respecto a su interpretación bíblica.  La Escritura en efecto dice que “el que crea y se bautice se salvará y el que no crea se condenará” (Mc 16, 14-16). Pero como casi desde los orígenes de la cristiandad se había introducido la costumbre de bautizar niños aún sin el uso de razón, su “creer futuro” era garantizado por padres y padrinos que habían atravesado por un proceso de conversión y de catecumenado muy bien estructurado. Bautizar a los hijos de estos cristianos aseguraba el que los niños quedasen libres del pecado original incorporándose a la Iglesia y a todas las gracias que con ello se reciben, sobre todo el que se salvarían por haber sido bautizados en el caso de que muriesen en la infancia.  Morir sin bautismo era pues una preocupación que todo cristiano buscaba alejar de su perspectiva existencial, ya que equivalía a condenarse. Esta percepción pesaba ampliamente entre laicos, clérigos y religiosos del siglo XVI, de ahí que particularmente los franciscanos prodigaran el bautismo ante la más mínima señal de fe por parte de los indígenas, lo cual solía conllevar el bautismo también de sus hijos.  Por supuesto que bautizar no era necesariamente evangelizar. Pronto hubo numerosos indígenas bautizados, pero no evangelizados, situación que los misioneros justificaban afirmando que una vez bautizados se aseguraba su salvación, mientras que la evangelización, que es un proceso largo, podría venir posteriormente. Es significativo que la polémica que se dio entre los misioneros acerca del bautismo no tuviese que ver tanto con la preparación previa, sino con el hecho de los ritos, es decir, los franciscanos solían abreviarlos, cosa que a los agustinos no les pareció correcto.

Existen   numerosos testimonios sobre   este asunto, también acerca de la manera en que los propios indígenas ubicados sobre el eje volcánico trans- versal interpretaban el bautismo; para los indígenas del occidente, levantados en armas en 1540 contra la presencia española, el bautismo era algo que podía quitarse raspando con una piedra la cabeza del bautizado hasta hacerla sangrar.  Para la mayoría de los habitantes originarios que en ocasiones acudían en masa a solicitar el bautismo, este tenía la virtud de otorgar a quien lo recibía la misma fuerza y poder que tenían los españoles. Cuando esta especie se divulgó entre las comunidades, caciques y pueblos buscaban la manera de obtenerlo no una sino hasta varias veces, sobre todo cuando los resultados mágicos que esperaban no ocurrían, situación que se dio por muchos años pese al trabajo de los misioneros, o como consecuencia de una inadecuada o difícil explicación del contenido de la fe para personas que vivían en universos culturales distintos, algunos hasta primitivos. Se dieron también casos de indígenas que sin haber sido bautizados se acercaban a los sacramentos, inicialmente los de la confesión y el matrimonio, cuando se les interrogaba al respecto decían estar bautizados con el fin de obtener el nuevo sacramento que solicitaban, después se averiguaba que no era cierto.

Una cosa empero se debe advertir, el concepto de evangelización que tenían los misioneros seguramente arrastraba las limitaciones de la época, como se ha ya mencionado, pero incluía de manera íntegra la defensa y promoción de los habitantes originarios de estas tierras, y en ese sentido era un concepto profundamente cristiano, que incluía lo vertical y lo horizontal sin disociación de ningún tipo. Los misioneros no solamente predicaron la fe, la hicieron vida y la demostraron permanentemente lo mismo en España que ante Roma o en América declarándose todo el tiempo en favor de la población indígena, luchando denodadamente para que las leyes españolas reconocieran sus derechos, su dignidad como personas, su capacidad racional, sus cualidades y sus posibilidades tanto para la fe como para la educación al nivel de los europeos.

Llama igualmente la atención el modo   en que autores contemporáneos han justificado algunas de las deficiencias observadas en el estilo misional, afirmando que los misioneros ni se precipitaban en bautizar ni tampoco se negaban a hacerlo cuando eran apremiados a ello por los propios naturales, si bien les daban previamente una mínima instrucción. Cuando hablan de una “mínima instrucción” antes que un largo catecumenado uno se pregunta: ¿y con esa mínima instrucción se aseguraba el que los indígenas tuviesen una comprensión suficiente de la fe? Además, era una instrucción dada o en castellano con traductores indígenas, o en el idioma de los bautizandos, hablada con las dificultades propias del que apenas la está aprendiendo; no obstante dirán algunos historiadores actuales, gracias a esos métodos pronto hubo una Iglesia mexicana con numerosos fieles. Ya en su momento fray Diego de Valades había igualmente defendido los métodos y los frutos no sin cierto apasionamiento, actitud explicable pues tendían a pensar que las críticas a los resultados eran críticas a sus personas, a sus métodos y en consecuencia una manera de subestimar el esfuerzo sin lugar a duda ingente que los misioneros realizaban. 

El asunto es que a quienes ya habían sido bautizados, con esa mínima instrucción, no se les podía negar el bautismo de sus hijos, por más que la preparación que habían recibido los padres no fuese garantía de una fe bien comprendida y aceptada, y ellos precisamente deberían luego transmitirla a sus hijos, con el resultado de generarse una cristiandad indígena no siempre confiable.

Algunos  autores han insistido en el tema  de la llamada  “religión  mixta”  o del “sincretismo”, como  consecuencia de estas  deficiencias en la obra  misional, pero  de igual manera autores de mayor objetividad han podido demostrar la falsedad de esos juicios, particularmente cuando se habla de que el sincretismo hubiese sido incluso parte de la intencionalidad misional, asunto por completo descartado como  bien  lo ha demostrado Enrique Dussel;  los diversos casos de sincretismo que obviamente se dieron tuvieron otras  causas.

 Profundizar más en   esta   cuestión requiere detenernos nuevamente a analizar el concepto evangelizador de los misioneros en su relación al universo cultural que enfrentaban, es decir, de qué manera se planteó el evangelizador frente al acervo religioso de la sociedad que debía evangelizar. Jesús, frente a la religión de Israel no actúa como el demoledor, sino como aquel que da plenitud y cumplimiento; ¿deberán los evangelizadores posteriores actuar así frente a otras religiones? Sin duda se trata de un debate que ha durado siglos y que comienza sobre todo cuando la cristiandad se encuentra con las religiones del mundo mediterráneo. ¿Qué sí del judaísmo se debe pedir a los creyentes que provienen de la cultura griega, y qué no? ¿Qué sí se debe aceptar de ese mismo espacio cultural en la cristiandad y qué no?  Las tendencias permanentes han sido tanto la llamada “tabula rasa”, es decir, abandonar, eliminar, suprimir todo cuanto tenga que ver con la religión precedente, o “inculturar”, es decir, hacer un discernimiento acerca de qué elementos de esa anterior religión se pueden asumir en la fe cristiana y qué elementos se deben definitivamente abandonar. Esta postura no es meramente pragmática, nace de una reflexión teológica fortalecida por san Justino, durante el siglo segundo, y que posteriormente será aplicada una y otra vez en la evangelización de los pueblos germánicos. Para san Justino, como para san Pablo, la acción de Dios ha estado presente en todos los pueblos de la tierra diseminando lo que Justino llama “semillas del Verbo”, presentes en todas las culturas, y que el evangelizador debe buscar y rescatar, junto con toda una serie de expresiones que aun estando relacionadas con los rituales no cristianos, son susceptibles de ser asimilados en las Iglesias locales que se van estableciendo.

No se trata de un fenómeno único, desde luego, se puede observar en otras lejanas regiones del mundo, como sería por ejemplo la relación del budismo con la religión primitiva de Japón, el sintoísmo, o del budismo con la religión primitiva del Tíbet, el bön. Lo cierto es que con la anuencia o sin la anuencia de los evangelizadores, los conversos tienden siempre a conservar las raíces profundas de su religión original, pero también una enorme serie de rituales y aun creencias que paulatinamente se van adecuando a la nueva fe. Tendríamos que pensar que la permanencia de esta dinámica en diversas partes del planeta reclama su valor antropológico y genera comunidades creyentes de mucho mayor arraigo, ya que lejos de romper, concilian, prolongan y proyectan experiencias religiosas ancestrales.

Los misioneros, luego de diversas etapas que van desde 1519 hasta 1555, finalmente se atuvieron al beneficio de las estructuras más que a las familias neófitas, y esas estructuras eclesiásticas, políticas, sociales, económicas, educativas y culturales estaban fuertemente respaldadas por el imperio español, por más que muchos de los españoles mismos actuasen tantas veces en contra de los misioneros y de su trabajo de redención integral del indígena.

Esta realidad nos  ayuda  a entender que en la evangelización primitiva del actual México, las estructuras políticas del imperio español estuvieron profundamente comprometidas, pero no de manera prístina, es decir, el compromiso imperial estaba  muy  marcado por  sus intereses temporales, toda  vez que los enormes beneficios materiales que obtenía del nuevo mundo estaban condicionados a la protección y amparo que brindara a la evangelización, de esta suerte la conciencia de  reyes  y emperadores unía  en  un  solo  acto  tanto un genuino interés por comunicar la fe cristiana a los habitantes de estas tierras, como  una  evidente empresa que  ofrecía  notables beneficios a la corona, y a los incontables migrantes que dejando Europa  buscaron en esta  geografía  el primer sueño  americano.

Esto no significa de ninguna manera caer en la fácil lectura de una evangelización manejada por los poderosos de este mundo en aras de su solo enriquecimiento, una semejante afirmación, desde luego ideologizada, traicionaría la verdad histórica, mucho más compleja y entramada que un juicio tan simple.  Es paradójico que muchos analistas actuales pretendan juzgar la evangelización americana desde posturas angelistas y maniqueas, es decir, con la pretensión de que la evangelización tenía que ser pura, libre de toda mancha, ajena a cualquier contaminación, estrictamente espiritual, de lo contrario, habría que desautorizarla, como de hecho lo hacen.  Sin duda impera en este tipo de visiones el impacto del luteranismo que sigue actuando en numerosos espacios por más que sus actores, secularizados, ya no sean conscientes de las influencias ideológicas de que son portadores. Juicios similares vendrán de las lecturas marxistas de la historia en las cuales todo se reduce a la lucha entre opresores y oprimidos, a la cadena de alienaciones provocada por el capitalismo explotador, entre las cuales la alienación religiosa campea como la peor de todas. 

Bibliografía

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